miércoles 15 de octubre de 2008

After Dark


Las noches son para soñar, los sueños son irreales, las noches son irreales. Las historias de After Dark tienen una carga onírica que me recordaban a los mejores momentos de David Lynch. Los personajes nuevamente son viajeros, pero viajeros internos en una ciudad que duerme o intenta dormir. Justamente Mari, una bella mujer que duerme sin cesar, es quien señala el camino a lo irreal, a lo fantástico, tal como ocurría con los capítulos de Kafka en la Orilla. El espíritu oriental y los guiños occidentales son las guías para navegar en este encuentro casual de personajes, que, de no haber sido creados por la pluma de Murakami, no tendrían esta fuerza y convicción natural para trasladarnos y colocarnos en situaciones extrañas. Por ejemplo, Mari, quien lee en una cafetería a horas pocos probables; Takahashi en encuentro casual con ella; Eri, bella hermana de Mari sumida en sueño perenne; una prostituta china golpeada; Kaoru, administradora de un Love Hotel; un oficinista nocturno. Los escenarios son poco elaborados, recorremos una cafetería, el hotel Alphaville, las propias calles de Tokio, la habitación de Mari y una oficina común. El lenguaje preciso de Murakami en las casi doscientas páginas de la edición en inglés, equilibra su gusto por la cultura pop con los personajes tenues y otros oscuros. No hay excesos, ni deudas. Y como en los sueños, todo fluye, sin desenlaces ni situaciones concluyentes.